sábado, 25 de enero de 2014

Una noche


La oscuridad cubría como una cortina toda la ventana y las ollas y las jarras y las tazas se apilaban sobre la mesada de la cocina formando innumerables torres y niveles como una ciudad deshabitada.
En el comedor solo la luz de la lampara más pequeña estaba encendida.
Ella, estaba descalza e insegura. Sobre sus ojos la noche hacia nido y la desesperanza filtraba por debajo de la puerta.
La casa tenia una melodía sorda, una serie de sonidos conocidos que ya no percibía, ni escuchaba.
Sus pasos se tornaban lentos y cansados y en la espalda se hacían ovillos las horas del día.
El dedo gordo de su pie insistía permanentemente en molestar al contiguo, como una pequeña mueca del alma, como un gesto imperceptible.
El teléfono sorprendió sobre el ininterrumpido silencio.
Un tanto sobresaltada tomo el tubo y lo puso al oído.
No esperaba nada. No había indicios de una noche diferente. Y una llamada sorpresiva no era para ella señal de un buen presagio.

Del otro lado, la voz de un hombre que no se dejaba ser clara, y menos nítida, una voz que no conocía, que jamás había escuchado. Grave y profunda, entrecortada por una respiración latente, un susurro transformado en gemidos superpuestos y reiterados. Algo decía de vez en cuando, algunas palabras escapaban de aquella oleada de formas imprecisas, palabras venidas de quien sabe que lugar o que noche.

Te siento acá-tu boca – dale-si- ¿me imaginas? , eran solo letras entremezcladas e indescifrables, consumidas una y mil veces por el mismo aliento.
Enmudecida en el teléfono volcó su cuerpo sobre el borde de la mesa. Ella sabia que cortar era lo indicado, pero algo provocaba que no quisiera dejar de escucharlo.
Permaneció inmóvil por fuera, pero por dentro el corazón hincaba en todas sus partes.
El continuaba respirando tan hondo como la hacen las bestias, tan suave e intenso como el primer rayo de la mañana.
Ella sentía abrirse la piel y el aire comenzaba a parecerle poco. Los ojos se nublaban en una lámina húmeda y generosa.
Ella también había perdido su ritmo y La quietud se empezaba a quebrar como el hielo.

Los dedos de su mano se aferraban a la madera intentando todavía resistir y oponerse a esa fuerza que la iba absorbiendo, asquerosamente poderosa e impúdica, absolutamente sublime y celestial.
Su aliento caía cuando el otro aumentaba y uno sobre el otro y uno sobre el otro, una y otra vez y millones de veces y se tragaban, y volvían y se aspiraban las ansias y se desesperaba la noche, y se mojaban las tristezas y se desnudaba el silencio.

No hay comentarios: